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jueves, 6 de diciembre de 2012

Diario de una maldita violación.





Son las 5:40 am y me invade un sentimiento poco común. Es como una ira apacible, un enojo canalizado.


Todo comenzó hace años, cometí el grave error de dejar mis clases de guitarra clásica de los sábados en San José, pero ya saben; un sábado, levantarse temprano, media hora de viaje de ida y media de venida por las presas...

No entraré en los detalles de lo sucedido, sólo diré que fue muy malo para mí. Al principio le mentí a varia gente que sospechaba cosas, pero, ¿qué podía hacer?. Después simplemente aprendí a inventar excusas, y como adolescente era bastante fácil justificar llantos y conductas depresivas.

Toda mi vida tuve el pelo largo, siempre alguien tenía que ver con mi pelo. Era negro, muy negro y nunca me lo amarraba, nunca, tanto así que si lo hacía algún día en el colegio era tema de discusión. Era útil para taparme la cara y dormir en clase recostada en mi preciada “esquinita”.

Antes de que todo se supiera comencé a tener problemas “externos” a todo lo que ya traía la situación principal en sí. En el colegio nunca aceptaron que fuera “callada”, aunque los que me conocen dirán más bien que no me callo, simplemente nunca entendieron que la mayoría de las veces no opinaba para no ser grosera; siempre estuve demasiado ocupada con mis ochocientas clases de música, más mis problemas, más mis conciertos, más mi familia con múltiples actividades, más mis amigos que no tenían nada que ver con mi colegio, así que nunca participé mucho en bailes, shows, excursiones, etc., eso significó ser el blanco de muchos “psicólogos frustrados”. Nunca me importó mucho, me daba risa eso sí, y hasta me llegó a gustar ese “misticismo” que la gente creaba en torno a mí.

Un día me llamó la orientadora, fui pensando que me hablaría de mi inconcluso servicio social, pero en vez de eso, justo cuando me senté me dijo: - Ivannia, ¿Ud cuántas veces se ha tratado de suicidar?- . Si me indignó un poquito, pero me dio más risa (obviamente puse cara seria y me la aguanté). No recuerdo que le dije, aunque conociéndome me lo puedo imaginar. Salí de ahí directo a contarle a mis compañeros más cercanos lo que había ocurrido, obvio, para meter carbón, y todos se indignaron creo que más que yo.

No recuerdo si fueron días, meses o años después, pero al final si revelé lo que me había pasado. Primero acudí a ciertas personas “estratégicas”. Pensé que sería más fácil para mí ir de a poquitos, aquí es dónde empieza lo bueno.

Me corté el pelo, de una. Me hicieron una cola y ¡fuaz!. Ese día lo decidí, aunque todo el proceso se concluyó tiempo después. Me bañé, me pasé las manos con un poco de gel para “alborotar” mi, ahora muy corto, cabello, me puse un vestido, mis botas negras y me fui a un bar a esperar a uno de mis mejores amigos. Me sentía bien, sentía que me había desecho de un peso enorme, tenía miedo pero entusiasmo. Hablé con mi amigo ese día, y al salir sabía que ya no había vuelta atrás.

Pasó poco para encontrarme hablando por primera vez del tema frente a alguien que no fuera de mi extrema confianza. Fue rápido, llegué a un concierto porque me “citaron”, no tenía muchas ganas de ir, pero ahora me da miedo pensar qué hubiera pasado si me hubiera quedado en mi casa. Llegué y me dijeron “hablamos después”. Me quedé hablando con un, entonces no tan cercano, amigo y eso fue lo mejor que pudo haberme pasado durante esas épocas. Al final del concierto me dijeron “bueno, ahora sí, cuénteme”. Conté lo sucedido, balbuceando, mirando hacia la calle con lágrimas en los ojos, pero reteniéndolas a más no poder, la respuesta a eso fue un memorable “déjelo pasar”. Sentí ira, mucha.

A partir de ahí comenzó una especie de guerra, de la que yo me enteré aparentemente muy tarde. Personas diciéndome algo así como “uy sí que salada, pero no hable de eso porque mancha el nombre de mi empresa”, muchas veces ni siquiera mencionaban el “qué salada”, sólo eran muy directos con respecto a que me callara.

No entendía nada, lo juro, cada vez que alguien me buscaba yo ingenuamente pensaba: “¡uy mirá, me están llamando para preguntarme si estoy bien!”, “uy seguro me buscan preocupados por mí”. Nada de eso pasó el 95% de las veces. Puedo contar con los dedos de una mano quienes me preguntaron cómo estaba una vez que se enteraron, y me sobran. Todos me llamaban a amenazarme, a decir que les “arruinaba” el negocio, el grupo, la imagen, lo que fuera. Otros llamaban a insultar, otros simplemente lo siguen haciendo a mis espaldas.
El problema inicial me llegó a parecer pequeño en comparación al gran problema creado por “la sociedad”. Contarle a mi familia no fue nada bonito ni fácil, tampoco lo fue revelar algo tan importante de una persona involucrada en casi todo lo que me gustaba. Sabía que no podría volver a un concierto sin que hubiera gente viéndome y hablando, sabía que iba a ser incómodo seguir frecuentando lugares que mis amigos cercanos frecuentaban. Sin embargo, mandé todo eso a la mierda, lo hice, pero jamás imaginé que me iba a encontrar con tantísimas personas tan inhumanas e irracionales.

Ahí no acaba el problema, ahí inicia. Hay otro dato graciosísimo. La gente que me tiene miedo. Me ha pasado tantas veces; “¡Hey fulanito!, no le hable a Ivannia ¿está loco?, ¿no le da miedo?”. Ok, ok, alguien que me explique una cosa, ¿cuándo empecé yo a ser la criminal en todo esto?. Eso también me da risa muchas veces, gente que ni conozco, que nunca he escuchado el nombre en la vida, hablando de mí, de que “tengan cuidado”. Admito que es chiva ser así tan importante, e implantar miedo en la gente. Mi sentido del humor va mucho por ahí; pero también me ha dolido. El mundo está completamente de cabeza, no sé ni cómo explicar lo que siento cada vez que me doy cuenta que los criminales son defendidos a capa y espada mientras se responsabiliza al inocente. “¿Qué lo asaltaron?, ahh es su culpa por andar el celular en la mano en media calle”.

Si bien aprendí algo es que la gente en general es mala, es sumamente egoísta, ambiciosa, platera, inhumana. A nadie le importa ver a alguien morir al frente desangrado, no van a hacer nada con tal de no ensuciarse las manos. Como dije anteriormente, cada vez que me buscaban, siempre, SIEMPRE, esperaba al menos un “Ivannia lo lamento, cuénteme”. Pero nunca fue así.

Esa frase “no le da miedo”. Me ha quedado tan grabada. ¿Por qué a alguien le va a dar miedo acercárseme?. Digo, ¿qué es?, ¿me va a amarrar y me va a violar?, ¿va a obligarme a hacer cosas que no quiero?. Sí es así, pues di, si entiendo el “miedo”, de que yo los “denuncié”, pero si va a ser una persona yo diría que “normal”, civilizada; ¿por qué ha de tenerme miedo?. Miedo se le tiene a los violadores, pero no, en este mundo resulta que las personas le tienen miedo a los que logran salir adelante y logran denunciar algo fuerte. Les tienen miedo a los que sobreviven, a los que no mueren amordazados. Pues bien, ¡sigan teniéndome miedo hijos de la puta!